Editorial

Confianza perdida

“Nunca espero nada de ustedes y aun así logran decepcionarme”. Esa frase, que es parte del imaginario colectivo de las nuevas generaciones, resume a la perfección lo que ha sucedido en el último tiempo en el Congreso Nacional, que en marzo del año pasado renovó a buena parte de sus integrantes (diputados y senadores).

El último capítulo ocurrió hace un par de días y fue protagonizado los diputados Gonzalo de la Carrera y Diego Schalper después del rechazo a una petición de censura de la mesa que encabeza la diputada Karol Cariola, en medio de la discusión legislativa para el nuevo proceso constituyente.

Las salidas de libreto de Gonzalo de la Carrera no son nuevas. Ya ha sido protagonistas de varios incidentes con sus pares de la Cámara Baja, lindando en las agresiones físicas. Pero no es el único. Tiempo atrás el diputado Gaspar Rivas lanzó epítetos de grueso calibre en contra de sus colegas.

La lista de exabruptos y salidas de madre es bastante generosa en el último tiempo. No se puede decir que desde 1990 hasta la fecha no hubiese incidentes en las instalaciones del Congreso, ciertamente que los episodios se han multiplicado en estos 10 meses de labor legislativa.

En buena medida, el desprestigio de la labor de la Convención Constitucional - que fracasó en su intento de proponer una propuesta de nueva Carta Magna – estribó en las chambonadas y episodios bochornosos protagonizados por algunos de sus integrantes.

Es justo decir que los incidentes son ocasionados por un grupo muy reducido de legisladores, empeñados en conseguir atención mediática por este tipo de hechos que por un correcto desempeño de sus funciones.

El asunto no es menor. La confianza por el Congreso Nacional está en niveles abisales. Es, por lejos, la institución peor valorada por la ciudadanía en nuestro país, una condición que se viene arrastrando prácticamente 20 años (o tal vez un poco más).

Después de cada incidente, en vez de tratar de corregir los comportamientos, parece que se espera que en la próxima ocasión se produzca algo mucho peor. Las voces llamando a la mesura, a la sensatez y a la compostura parecen naufragar en un mar de peroratas, improperios y desbandes

La función de los legisladores es una de las de mayor responsabilidad que puede asumir ciudadano dentro de su vida cívica. Por lo mismo, se debe actuar de manera responsable y seria para responder a esa expresión de confianza que es el voto. Se puede entender el apasionamiento en la discusión de algunas materias candentes pero nunca se debe perder de vista que el respeto debe primar sobre cualquier coyuntura.

Sin embargo, parece haberse instalado de manera permanente que algunos legisladores actúen más allá de la frontera de la sensatez y la ponderación, y se entreguen al uso y abuso del actuar arrebatado y desproporcionado, que apelen a la frase incendiaria y destemplada, que recurran a acciones bajas, incluso viles.

Sería necesario un acto de constricción que corrija estas actitudes y que se asiente en el tiempo, para que senadores y diputados puedan recuperar parte de esa confianza extraviada. Sin embargo, ese escenario parece una carrera ya perdida, incluso de mucho antes que se lleve a cabo.

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