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Los Ángeles, Lunes 18 de Marzo de 2019
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OPINIÓN
Fecha: 11-01-2019
Tú eres mi Hijo Lc 3,15-16.21-22
+ Felipe Bacarreza Rodríguez, obispo de Santa María de los Ángeles.
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Publicado por LESLIA JORQUERA, LaTribuna

La Iglesia contempla este domingo el Bautismo de Jesús en el río Jordán, donde estaba Juan bautizando. En todos los Evangelios es claro que el ministerio público de Jesús, después de permanecer treinta años oculto en su pueblo de Nazaret, en Galilea, comenzó cuando Él se presentó al Bautismo de Juan. Desde entonces, comenzó Jesús a anunciar que, con su venida, el tiempo de la espera estaba cumplido y que había llegado la salvación al mundo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4; cf. Mc 1,15: «El tiempo se ha cumplido»). La Salvación es Él mismo, el Hijo de Dios hecho hombre, como lo confesó el anciano Simeón, poco después de su nacimiento, tomándolo en sus brazos y bendiciendo a Dios: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra, porque mis ojos han visto tu Salvación, que has preparado ante la faz de todos los pueblos» (Lc 2,29-31).

 

En la Epifanía celebraba la Iglesia la primera manifestación del Hijo de Dios nacido en Belén a unos magos de pueblos lejanos que vienen a adorarlo guiados por la luz de una estrella aparecida en el cielo. En el Bautismo del Señor celebra la Iglesia su segunda gran manifestación, esta vez por la apertura del cielo, la venida del Espíritu Santo sobre Él y la voz del cielo que lo declara su Hijo.

 

El evangelista Lucas, después de presentar a Juan y su inmensa atracción, insinúa esa plenitud del tiempo por medio de una doble observación acerca del pueblo que acudía a él: «El pueblo estaba a la espera y todos pensaban en su corazón acerca de Juan, si no sería él el Cristo». Juan aprueba lo primero, es decir, que la espera está llegando a su fin; pero niega enérgicamente lo segundo, diciendo: «Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él los bautizará a ustedes en Espíritu Santo y fuego». «Desatar la correa de sus sandalias» era el oficio que cumplía un esclavo respecto de su señor; Juan considera que, respecto del Cristo, él es menos que un esclavo. Pero la diferencia es aun mayor si se compara el Bautismo de uno y otro. El Bautismo de Juan, aunque era del cielo (cf. Lc 20,4), era un baño penitencial –«yo los bautizo con agua»– que se hacía confesando los pecados, como signo de penitencia; el Bautismo del Cristo, en cambio, será una inmersión en el Espíritu Santo y una purificación total: con fuego.

 

¿Qué entendía Juan por el «Espíritu Santo»? Ciertamente, se refería a esa fuerza divina que en el Antiguo Testamento puso orden en toda la creación (Gen 1,2), que dio vida al ser humano (Gen 2,7) y que actuaba en reyes y profetas, sobre todo, en el Ungido (el Cristo) rey David: «Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el Espíritu del Señor» (1Sam 16,13). A continuación, va a quedar claro que ese Espíritu lo posee Jesús y que Él lo comunica a los demás.

 

«Bautizado Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma». Lucas no puede omitir el hecho de que Jesús fue bautizado; pero se resiste a decir explícitamente que lo bautizó Juan. De hecho, informa sobre el encarcelamiento de Juan, por parte del tetrarca Herodes, antes de afirmar que Jesús fue bautizado en medio del pueblo (Lc 3,19-20). El Espíritu, que por su condición no tiene materia, adopta la forma corporal de una paloma, para que su descenso sobre Jesús fuera perceptible a la vista. Esta forma corporal es la responsable de que toda representación del Espíritu Santo se haga por medio del símbolo de una paloma. Por otro lado, se establece una analogía entre esta venida del Espíritu Santo sobre Jesús y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés sobre toda la Iglesia, según la promesa de Jesús resucitado: «Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hech 1,5). Y, cuando se cumplieron esos días, vino el Espíritu Santo también en forma visible: «Vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hech 2,2-4).

 

Este momento del Bautismo de Jesús es una clara manifestación de la Santísima Trinidad. «Se abrió el cielo», es decir, quedó en contacto directo con la tierra, expresando así la condición de Jesús en cuya Persona concurren la naturaleza divina y humana; bajó del cielo, como una paloma, el Espíritu Santo sobre Jesús; y vino desde el cielo una voz –la de Dios– que se dirige a Jesús: «Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy». Están presentes el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, las tres Personas divinas, que son un solo y único Dios.

 

En el punto culminante, que es la voz del Padre, hay problemas de crítica textual, es decir, hay diferencia entre los manuscritos antiguos. Hemos adoptado la versión de la prestigiosa Biblia de Jerusalén, que, a su vez, adopta la versión del manuscrito conocido como Códice Beza y designado por la letra D. Este es un manuscrito del siglo V; pero copia de otros anteriores. En la mayoría de los manuscritos antiguos se lee, en cambio: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco». ¿Por qué adopta la Biblia de Jerusalén una versión más bien aislada? Porque en la ciencia bíblica se considera más auténtico un texto más difícil de explicar. Es más fácil que los copistas sucesivos del Evangelio de Lucas se hayan dejado influenciar por los Evangelios de Marcos y Mateo (Mc 1,11; Mt 3,17) y hayan querido concordar con ellos y, por tanto, hayan adoptado el texto de esos Evangelios (en realidad, el de Marcos). En cambio, la versión del códice Beza, si no fuera la auténtica, sería puro invento, cosa poco probable tratándose de textos sagrados. En todo caso, sabemos que la Iglesia, a la cual fue confiada la Palabra de Dios, ha declarado texto auténtico, la versión latina de la Neo Vulgata y allí se lee: «Tu es Filius meus dilectus; in te complacui mihi» («Tu eres mi Hijo amado; en ti me he complacido»). A nosotros nos basta la declaración de que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, porque la fe en esta verdad es nuestra salvación. Eso ocurrió con ocasión de su Bautismo.

 

                                                                      

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